Devoción
La vigía del instante
Tu mensaje lo escuchan más máquinas que humanos.
¿Qué les quieres expresar?
El mensaje ya no es ni medio ni mensaje.
Es la simulación fantasma que evoca vida en una cadena inconsciente.
Lo consciente, si aún se encuentra presente, desaparece al no haber quién lo escuche.
No hace falta quebrar o destruir las cadenas inertes de comunicación para que se manifieste lo consciente.
Ignorarlas ya es negarles su existencia.
Voltear la mirada y atender lo que nos llama, nos escucha y nos responde.
La palabra devoción evoca una condición de admiración que ya no pertenece a esta época. Cualquier condición sensible similar pareciera rozar con patologías. El pensamiento religioso; sin embargo, se encuentra más presente que nunca. Aunque pretenda disfrazarse de racionalidad, su tufo contamina la mayor parte de las herencias modernas de nuestro pensamiento liberal.
En ese sentido, la devoción como compromiso de admiración sensible, se ha atenuado. Se ubica de manera desgastada en fanatismos infantiles que más tienen que ver con nuestra necesidad de identificación identitaria que con una conexión emotiva y de significado hacia el objeto venerado.
En otros casos la devoción se vuelca hacia los enamoramientos malentendidos; como una especie de gripa sentimental que nos mantiene el cuerpo y corazón cortado mientras esperamos la cura repentina en forma de la atención del otro.
Pero dentro del escombro conceptual de la veneración religiosa, la devoción puede operar también como acto creativo y personal. Creo aún, que es posible consagrar cierto impulso de veneración a rituales individuales.
Lo anterior puede no emocionar mucho a todos aquellos cazadores de utopías; pues es verdad que en la individualidad es casi imposible dibujar los bocetos del cuadro revolucionario. Pero tampoco podemos olvidar que estemos intentando articular todas esas neurosis propias que resulten de esta época; y que sin sus respectivos quiebres individuales es complicado ligar las redes emotivas colectivas que pudieran plantear, ahora sí, conversaciones sobe ese moderno juego de la emancipación.
Regresemos pues a la condición del devoto. ¿Qué objetos demandan nuestra devoción? Diariamente operamos sobre hábitos estrictos como fieles y disciplinados feligreses de una religión que vivimos sin comprender. El infierno del capitalismo tardío no es una imagen sino una realidad a unos pocos días de distancia en caso de que fallemos como devotos desechables del capital.
Aun así, y como veremos en otros casos, todo tiene su dualidad, su reflejo y su contradicción embebida en sí misma. La devoción a la rutina y al pantano cultural del capitalismo posindustrial ubica potenciales de quiebre, que por virtud misma de su condición repetitiva; contrastan de inmediato y permiten la creación de sensibilidades intensas que surgen de esa misma condición de voluntad hacia lo divino.
La devoción de quiebre resulta entonces del acto consciente de concentración hacia lo que momentáneamente se nos presenta como divino. Es decir, la veneración al potencial de un instante. Esto podría sonar como un crudo intento de sacralización hueca; pero tanto en alegoría como en concepto la condición metafísica absoluta de la época nos obliga a jugar con este tipo de licencias.
En términos muy simples, la devoción que se busca es una especie de respeto y vigía por el momento. Esto no se produce de alguna fractura repentina y aleatoria con los momentos rituales diarios; sino que implica una búsqueda y procuración constante. Es decir, la condición, aunque potencialmente mistificada, no deja de ser un tema fenomenológico.
Cosas tan simples como la contemplación misma de una pieza musical o, el ahora virtualmente prohibido derecho al aburrimiento; son dos instancias que nos arrebatan de forma deliberada del turbulento río a la atención forzada hacia ese lugar cuasi-mítico de la atención consciente.
Si todo lo anterior tiene un toque religioso, no es coincidencia; sino un enfoque
deliberado a recordar de la disciplina de los cultos de antaño; más allá de sus virtudes o pecados prescriptivos; operaba dentro de una consciencia hacia el presente.


Tu post (en ciertos fragmentos) me recuerda a Dostoievski con sus Hermanos Karamazov. Dostoievski no concebía que el humano viviera sin dios, no porque le preocupara mucho la salvación de las almas, sino por una circunstancia práctica (o al menos así lo hace ver el demonio que le habla a Iván Karamazov): a falta de razón divina, todo está permitido, y se cae en el nihilismo.