Sobre crear
La creación entre actos y definiciones.

El día de ayer discutíamos con algunos colegas qué implica la palabra “crear”. De manera cotidiana la utilizamos en diversos contextos para hacer referencia a un proceso “creativo” general. Una serie de actividades o pasos que desembocan en la aparición de algo nuevo; sea esto un objeto, una idea, una conversación o una situación determinada. Parece una palabra relativamente simple de definir. Creamos algo y ya. Sin embargo, conforme fuimos explorando más el concepto, se nos fueron presentando algunos problemas que les compartimos a continuación.
Intuitivamente podríamos definir crear cómo generar algo dónde antes no había nada. No obstante esa creación ex nihilo es una capacidad exclusiva y propia de Dios. El demiurgo no podía crear nada, sino únicamente reacomodar la creación divina. De la misma manera nosotros, simples mortales, únicamente podemos crear algo a partir de material, energía o ideas ya existentes. Es decir, la actividad creadora podría considerarse simplemente una suerte de organización o configuración de lo previamente dado.
“No hay nada nuevo bajo el sol” es un dicho que nos hemos cansado de escuchar; y tiene algo que ver con esta noción de que no existe una creación totalmente original, independiente o única; sino un mero reacomodo, reciclaje, reflejo o reinterpretación de cosas que ya están previamente dadas. Incluso en la abstracción de las ideas y conceptos es muy sencillo argumentar que nada de lo que pensamos, sentimos o creemos es precisamente original; sino una combinación de nuestro entorno, contexto, circunstancias y la apropiación consciente e inconsciente de las ideas de otros en el mundo.

Este apunte podría parecer obvio y no merecer mucha importancia para algunos. Al final ¿cuál es la diferencia de una creación original con una mera reconfiguración de algo ya existente? La respuesta varía dependiendo del tipo de actividad creadora que decidamos abordar. Por ejemplo, cuando se produce una mercancía, ¿hablamos ahí de que el trabajador crea algo en ese proceso de transformación? Cuando un artista crea una obra ¿qué elementos de todo ese trabajo podría considerarse una creación original? Cuando tomamos un modelo armable y después de seguir las instrucciones tenemos un camión miniatura a escala, ¿podemos decir que hemos creado nosotros dicho objeto? Estas preguntas generan entonces algunas resonancias importantes que nos obligan a reflexionar si palabras como producir, reflejar, transformar, configurar, ensamblar, traducir e incluso interpretar; son todas actividades creadoras.
Adicionalmente podríamos extender las preguntas más allá de lo humano. ¿En qué medida podría un animal no-humano crear? Un ave que hace su nido, un castor que construye una represa, un enjambre de abejas que fabrican un panal; ¿son estos ejemplos de creación? Una máquina, o los mismos modelos de inteligencia artificial; ¿son sus respuestas una creación o, de forma similar a otras actividades humanas son simplemente reacomodos de lo ya existente?
Una distinción típica se centra en diferenciar la creación de la mera producción contrastando la condición automática o poco consciente de la segunda actividad. Crear implica un acercamiento consciente e intencionado con el mundo; ya sea desde una postura inmanente, o como canalización o reflejo de algún ideal platónico fuera de éste. Resulta entonces que la actividad creadora no puede evaluarse o definirse solamente en función del objeto que se produce, sino en la relación entre esa actividad de transformación y la intención consciente de una voluntad transformadora de quién crea. Nuestra incapacidad para entender los estados mentales de los animales no-humanos nos previenen de poder determinar qué nivel de consciencia e intención son capaces de exhibir en sus actividades “creadoras”. Para el caso de la inteligencia artificial sería menos arriesgado decir que solo simulan la actividad creadora en su procedimiento, más no en su intención; precisamente por su incapacidad de habitar este mundo activamente.
Otra pregunta que surge entonces, relacionada con todo el debate de la performatividad, es ¿qué capacidad tenemos en la creación de nosotros mismos? La concepción de la vida es un proceso biológico más o menos entendido en su condición orgánica; no somos causa propia sino una contingencia natural del encuentro de nuestros padres. Una vez que habitamos el mundo, sin embargo, muchos dirán que entramos en un proceso continuo de creación propia. Ya sea que partamos de la tabula rasa de John Locke o con una cantidad de programación precargada, nuestro devenir en el tiempo implicaría una suerte de proceso creativo consciente de quiénes somos. Ya sea mediante una curaduría cuidadosa de nuestros hábitos, consumos, predisposiciones sociales, intelectuales y políticas; o únicamente existiendo en nuestro entorno y circunstancias. ¿Dónde dibujaríamos el límite de la creación con el de un simple caminar automático a través de la producción de quiénes somos?
Tal vez ni siquiera valga la pena dibujar esa línea. Incluso tal vez ni si quiera valga la pena articular las particularidades del “crear” en relación con otras actividades de producción. Sean nuestras creaciones un mero ensamble de elementos y escombros ya presentes; o una suerte de transformación creativa en el núcleo de nuestro habitar en el mundo; tal vez lo único que valga la pena reflexionar es qué produce en nosotros (y en los demás) el acto creativo.
Finalmente, que ya exista “todo” es una declaración simplona que nos orienta muy poco. ¿Las grandes obras musicales son entonces descubiertas como un tesoro oculto en los ritmos de este mundo? ¿El compositor solamente acomoda y ordena los fantasmas melódicos que revelan esas notas? Cuando un gran novelista crea mundos y personajes, ¿únicamente los extrae de algún plano metafísico donde existían sin poder comunicarse? Cuando un filósofo estira el lenguaje hasta su límite, creando nuevos conceptos, ¿simplemente esta elevando las voces de alguna consciencia colectiva eterna? Cuando el ingeniero diseña un objeto técnico y lo refina hasta que sus distintas funciones cumplan con eficiencia una transformación de la naturaleza, ¿lo hace siguiendo un manual invisible que detalla cómo funciona el universo?
Lo cierto es que el acto de creación establece una relación entre el mundo, lo creado y quién lo crea. Esa relación generalmente es una de tensión, de aprendizaje; incluso en algunos casos de profunda desesperación. La creación implica siempre una fricción de nosotros con el mundo. Esto nos demanda un cuerpo que pueda deslizarse, rasparse y encontrarse con el peso de dicha materialidad; incluso si la creación implica únicamente un contenido racional.
No importa mucho entonces si lo que creamos es “nuevo” o solo es un reacomodo de lo sensible. Podríamos, de forma simple, concluir que esa reconfiguración nos presenta un fragmento limitado de una realidad que, aunque inmanente y presente en su totalidad —en espacio y en su tiempo—nos es imposible apreciarla de forma completa. Lo creado devela entonces algo dado, sí; pero no por ello algo conocido o experimentado previamente por nosotros. El acto creador nos requiere tomar un nodo de esa retícula de realidad para enlazarla con el pensamiento técnico, religioso, estético, ético y metafísico para tejer el entramado que permita expresar esa complejidad del instante creador que resultará siempre único para quién lo habita.
Siguiendo con Mainländer (que ya notarán que estamos actualmente leyendo), podemos cerrar con su concepción del arte —actividad creadora por excelencia—con esta cita de su estética:
El arte es el reflejo transfigurado del mundo, y aquel que lleva a cabo este reflejo se llama artista.
Los requisitos para ser artista son, en primer lugar, la capacidad de trasladarse fácilmente al estado estético; en segundo lugar, el impulso reproductivo o creador; en tercer lugar, un sentido desarrollado de la belleza; en cuarto lugar, una imaginación vivaz, un juicio certero y una buena memoria; en suma: ha de tener las facultades auxiliares de la razón bien cultivadas.
[…]
En una palabra: el sujeto ha de reflejar el mundo exterior tal como este es, con sus objetos feos o bellos, repelentes o atractivos, y con sus sonidos chirriantes y chillones o armoniosos. Pero el artista no tiene por qué hacerlo. Su espíritu no es esclavo del mundo exterior, sino que crea un nuevo mundo, un mundo de gracia, de formas y colores puros; revela el interior del hombre en estados moderados, y enlaza los sonidos y las palabras biensonantes en series, en las que domina el ritmo; en suma: nos conduce al maravilloso paraíso, que únicamente puede construirse siguiendo las leyes de lo bello subjetivo.



Hace poco hablamos el asunto de la creación, del "inventio" que propone Eco; lo asumimos, al artista, desde una visión de "sujeto que se suspense". No se exilia, no le da la espalda al otro, pero debe abstraerse de lo inmediato, para captar con mayor rigor los fenómenos que configuran "lo humano". Siento que este texto puede dialogar y nutrir perfectamente nuestra discusión. Muchas gracias <3
Gran fan de lo que andan escribiendo.